lunes, 2 de abril de 2012

Bel



“Si pudiera decirlo con palabras, no habría razón para pintarlo.”
Edward Hopper


Ya es tarde, otro día sin ver el amanecer. Bel abre sus ojos y su mano encuentra lo esperado: el lugar vacío, aun tibio, que ha dejado un cliente añejo y confianzudo. Un lugar que siempre permanece igual, cercano a la mesita de luz donde se revuelcan los doscientos pesos y la propina de cincuenta.
Nunca falta, a continuación, el llanto reprimido y seco del hartazgo que le ata los pulmones y los nervios, ni el cigarrillo que se prende solito y termina siendo uno más en una pila de colillas de un cenicero colapsado.
La sexta profecía autocumplida de Bel sugiere que entre sus sábanas no ha de moverse ningún hombre de esos que hablan entre culpas y olvidos de su mujer, de sus hijos o de su buen perro. Si el cliente desespera por hablar, con voz tímida ella le pedirá que invente la más estúpida de las aventuras, una fantasía imbécil capaz de volverse lo único real de una realidad terrible. Aún así Bel los prefiere silenciosos y ajenos, cuanto menos se habla menos coincidencias se encuentran. Odia las coincidencias que hacen creer en el amor.
El piso se acerca a sus pies y, aun desnuda, la lleva hacia el baño donde la ducha la recibe entre sus tantos bracitos de agua con un abrazo maternal y tímido. Luego de aquel pequeño lapsus de amabilidad, la toalla la seca y  una bata de seda falsa comienza a vestirla de rojo.
Bel mira sus dedos arrugados, mientras el piso la lleva y la trae por la casa, todo lo desordenado de a poco va encontrando su lugar: la ropa en los cestos destinados a empacharse de suciedad, el dinero en la cajita fuerte debajo de su cama, el agua en una taza con un saquito de té. No hay una sola persiana que decida moverse para dejar pasar a un rayo impostor de sol. Sólo se abren en la noche, a la hora en la que los ángeles pierden sus alas. Entonces, posada en el alfeizar de la ventana, intenta encontrar indicios. La oscuridad se asienta bien en el ambiente, la penumbra cálida y húmeda oculta lo insoportable, cada rastro, cada presencia, cada muerte.
Allí, donde antes no había nada de pronto aparece una luz, una ventana que parece flotar desprendiéndose de lo que la rodea. Es la primera de muchas islas que comienzan a constelar en un cielo demasiado cercano. El cuello se tensiona y los ojos buscan el reflejo que alivia la mente y el corazón, quieren encontrar algo que alimente el misterio y den una respuesta de por qué seguir. Pero no siempre se tiene suerte y la mayoría de las veces no sucede nada. Las constelaciones permanecen frías e inertes y las sombras que las habitan tienen sus ojos vacíos y las bocas muy abiertas. El té se ha evaporado junto con el último cigarrillo.
Entre tanto, las paredes dejan que los gritos chillones de cientos de aguerridos vecinos atraviesen sus porosidades. Bel, sin embargo, es prisionera de un silencio inquietante que muerde sus oídos como una bestia desesperada.  Un silencio caníbal que sólo se alimenta de más y más silencio hasta que al fin las entrañas de Bel estallan en un grito sanguíneo, pero aun más silencioso.
Todavía gritando su cuerpo cae, el suelo que se desliza demasiado veloz para poder dominarlo, expulsa a Bel hacia la puerta que se abre y la arroja dentro del ascensor. El botón de planta baja se oprime. Los pulmones respiran forzados e inquietos sin poder evitarlo. Siente que el camino es muy largo, que no hay forma de librarse de las ausencias, que siempre se trató de un regreso, a dónde no importa. Volver a la ceniza, volver a los fantasmas que nunca han dejado su puesto.

Bel es una niña. Ama los cuentos de hadas y sospecha que la fantasía algo de mentira tiene, sólo un poco, la cantidad suficiente para ser real. Recuerda todos los olvidos de sus días y cada milagro que ha realizado. Bel es un milagro. Vive en un jardín siempre vestida de desnudez, despeinada y cambiando el color de sus cabellos. Puede ver los amaneceres que quiere y contar las estrellas nuevas que nacen todas las noches. Bel es una niña, un milagro, que baila y respira, sus mínimos movimientos tejen la red que genera vida, muerte y amor. Sus dientes siempre serán de leche, su voz clara y su tristeza infinita. Bel es Bel.

Bel despierta dentro de un cuerpo llamado Bel, sin pensamiento, sin rostro, sin saber qué mirar. Siente sus pies sobre el césped de un parque y el rocío que calma su sed al mínimo contacto con su piel. Al alzar la mirada ve desde abajo una ciudad que se aleja hacia lo alto y que sueña con puntos de fuga infinitos, donde los rascacielos se unen de forma incierta. Del otro lado aun se escuchan los ecos de voces borrosas. Ella las escucha atentamente y las hace propias. Sabe que le hablan y que debe buscar la siguiente mirada, el siguiente indicio. Ahora es libre, pero es por poco tiempo y debe apurarse. Por primera vez se ríe sola y su risa se vuelve un rostro efímero en el medio de la noche. Pronto estará muerta, algunos ángeles están destinados a ver sólo un amanecer.
El parque, según recuerda, esconde un lago y muchísimos caminos por donde deambular. Sus pies eligen siempre el camino más extraño, mientras su mano izquierda sostiene un puñado de ceniza que se multiplica. Debe encontrar el lago donde arrojar la ceniza, antes de que sea demasiado tarde. Algo nace en su interior y comienza a evaporarse.
Como muchos otros  Bel ha perdido sus alas, pero sus fragmentos han quedado ocultos en el viento susurrando historias. Cada uno debe reconstruir su historia, reamar el rompecabezas, para volver al otro lado, a otros días y a otras noches. Un cambio de pulso, temblores nuevos y dolores desconocidos. Ver el otro lado, con ojos llenos de noche, de portales que se abren y cierran. Palabras que son olvidadas al aprender las nuevas. Espejos que hablan, como el lago que Bel tiene en frente.
Sus pies ya no pueden sostenerla al haber estado perdidos tanto tiempo. Respira una última vez rodeada de ceniza, ya no es más su mano izquierda sino todo su cuerpo que ha sido vencido y cuelga sin resistencia. Bel cierra sus ojos, dejándose caer en el lago. 
Pero entonces, entre los rascacielos embadurnados de tintas fuertes, la pálida y sutil luz de la aurora se abre paso silenciosa entre la noche. Ya no se puede detener la caída, pero tampoco se puede evitar el destino. Bel abre sus ojos y  como si tratara de esos fantasmas que sólo se pueden ver con el rabillo del ojo, así logra ver su único amanecer. Su cuerpo se hunde en el agua, entre lápidas silenciosas que sueñan con puntos de fuga infinitos.
En el agua sus ojos llenos de noche se miran con sus ojos llenos de amanecer, encontrando el siguiente indicio. Finalmente, cuando la historia se completa su cuerpo inerte sale a flote, siempre pequeño y con alas.

Un día  Bel fue por su corazón, para tomarlo comenzó a contarse historias. En cada una se transformó, sólo para llevar la caricia al solitario, con sus dolores y sin otra cosa. 

domingo, 22 de enero de 2012

Falsa escuadra


“Sin tragedia no hay ironía...”


- Sólo para perfumar – dijo con un pequeñísimo gesto.

Ella era maltrecha, la viva imagen de un cuadro de Picasso, toda una señorita de Avignon. Daba igual que estuviera sentada, parada, de frente o ¾ perfil siempre se podían ver todos sus lados. Su forma extrañísima era un engaño que invitaba al misterio y a la fantasía. Pero, como en todo engaño, la contemplación por un breve instante bastaba para la desilusión: al fin y al cabo, al ser todo visible, con aquella mujer no había secreto alguno.
En el intento por remodelarse usaba una gota de perfume, estaba convencida de que así podría corregir las curvas disonantes, hacer de sus tetas dos círculos simétricos, rellenar las ausencias y transformar sus labios en algo armónico. Cada gota fue un intento inútil y un desperdicio de perfume. Aclaro que mi conclusión no se basa en el ensañamiento, sino en tratar de entender que la natural tendencia de las cosas es a degenerarse.
Repito, ya que es uno de mis leit motiv favoritos, la natural tendencia de las cosas es degenerarse. No se trata de una mera teoría, la experiencia me ha enseñado que mi próstata no es la misma con el paso de los días, y que la pérdida gradual y despreocupada de la vista deriva en una actual ceguera. Si continúo con esta línea de pensamiento y despejo la icógnita el resultado de la ecuación es que mi cobardía ha degenerado en una vida demasiado larga.

Decía llamarse Arancha y su casa era otro desastre. Un cantidad absurda de gatos ninfómanos anidaban en su techo; ni los múltiples escobazos que golpeaban la chapa ni el grito pelado eran herramientas efectivas para que dejaran de coger. Chapa caliente, gatos calientes. Una casa en falsa escuadra como su dueña.
Arancha, como la virgen de las espinas, pero de virgen le quedaba poco. Tenía una capacidad enorme para ponerse en el zaguán de su casa tipo Van Gogh y lograr un poco de cariño carente de virtudes en la piecita del fondo. Yo mismo la conocí así, y como para mi entender acostarse es amar, no tardé en volver. Una y otra vez me fui degenerando, en menos de una semana dejé de ser monaguillo, olvidé la idea de entrar en el seminario y mis pinturitas no fueron más un pasatiempo. Como pintor novel y adorador profundo de las vanguardias del siglo XX, carecía de la imaginación para transformar lo que veía en otra cosa. Me resultaba imposible distanciarme. Tenía una natural e insoportable habilidad para dibujar enciclopédicamente. Mi mano se movía como un autómata desesperadamente aburrido, copiando e ilustrando lo que mis ojos veían. Me sentía un discapacitado, un tipo sin alas ni arte. Odiaba a los que preferían un retrato mío a sacarse una fotografía, argumentando que mis cuadros eran superiores; odiaba a los que me pedían que pintara la capilla de una iglesia, siempre dejaba las parades desnudas o la obra inconclusa una vez que terminaba con el cielo y las nubes. Nunca pude pintar lo inexistente ni lo invisible, jamás pude copiar un ángel porque ninguno se posó en mi ventana.

Por eso a Arancha, además de espanto, la nombré mi musa y, a su casa, mi templo de inspiración. Recuerdo aquella tarde mientras se ponía una bata deshilachada. Medio vestida luchaba por meter su otra mitad dentro de una manga que flameaba como si estuviera matando moscas. Fue un momento único y revelador. Ante esta visión le pedí que se detuviera, que no hiciera nada, que contuviera la respiración. Al mismo tiempo sacaba una hoja y un carbón para comenzar a copiarla frenéticamente. Una vez terminado el boceto, estaba tan desbordado de felicidad que la desnudé nuevamente y le hice el amor tres veces. Como era un imbécil, estaba convencido de que ese enriedo al cual nos sometíamos era la mejor forma de agradecerle. Ella, como de costumbre, no dijo una sola palabra.
Luego del frenesí no pude huir del cansancio y entré mi natural estado de no-sueño. Al despertarme el espanto ya no estaba. Sobre mi ropa había dejado una nota que no pude descifrar. Supe, en ese instante lleno de revelaciones, que no era tímida, sino muda y además disléxica.
En ese momento descubrí que pese a mi imbecilidad recalcitrante, podía ser un vanguardista. En primer lugar, debía desechar cualquier pretención de autenticidad y originilad. Tenía la posibilidad y el derecho de ser un estafador, entendí que el mundo no necesitaba ser imaginado y que sólo era necesario copiar todo lo deforme y lo desviado que compone la realidad. Una vez hecha la copia, le pondría un título extraño y afirmaría que se trataba de mi inconsciente pulsionando por exteriorizar algún complejo estrafalario.  Descubrí, entonces, que no hacía falta mentir completamente para mentir y que el artificio, la deformación de lo que se percibe a través de la subjetividad del pintor, era algo completamente innecesario y sobrevalorado.
Me embarqué, entonces, en la búsqueda de lo roto, lo maltrecho. Las líneas de la vida y del mundo confirmaban mis sospechas, allí estaban los hombres y mujeres que no tenían ni atrás ni adelante, casas donde el albañil no habia tirado nunca la plomada ni usado el nivel, metales fundidos de forma caprichosa, plásticos derretidos y nauseabundos. Mi mano copiaba frenética. No tardé en recorrer gran parte del mundo, porque la palabra embarqué no fue una metáfora, por mucho que lo odie soy de espíritu literal, no me sale otra cosa.

Todas las semanas le escribía a Arancha cartas larguísimas con el listado detallado de todos mi descubrimientos. Ella fiel, me respondía en en ese código indescifrable que utilizaba, contándome vaya a saber uno qué cosa.
Pasaron años y años y mis cuadernos estaban repletos de bocetos. No tenía un solo cuadro, además de ser incómodos para viajar me decía que los iba a pintar cuando regresara, que todavía no era el momento. Mis diarios de estafador, así los llamaba con cierta ironía morbosa y rellena de orgullo. Mi vista se fue perdiendo y antes de emprender el regreso decidí olvidar en qué puerto había visto el último y borroso atardecer.

Mientras descendía del barco uno de los marineros discutía con el capitán. Había decidido dejar su profesión, al descubrir que el mar le daba náuseas y que odiaba a las gaviotas y aun más a los peces. Oí que el capitan no dejaba de insutarlo cuando en un breve lapso de tiempo se escuchó un cuerpo que caía sobre unas cajas.
Esperé el fin de aquella farsa para tomar a ese hombre bajo mi servicio. Qué mejor que un tipo sin rumbo para que fuera mi lazarillo y me guiara por el mundo. No hay que darle la espalda a ciertas oportunidades aberrantes.
Finjiendo perdonarle el hecho de haber vivido en un error estúpido durante tantos años, le pedí, con mi mano en su hombro, que me guiara a la pequeña casa del espanto. Tenía la obligación de referirme cualquier deformación que viera en el camino. Sus ojos me pertenecían, si era capaz de describir, mi mano podría volver a pintar. En todo el trayecto no dijo una sola palabra. Lo acusé, como es debido de inocente, de demasiado joven y enamorado de la vida y por supuesto de imbécil.
Cuando nos detuvimos pude sentir el viejo perfume y supe que habíamos llegado. Ahora va hablar, pensé, cuando vea ese amasijo sin atrás ni adelante, cuando huela ese perfume dulzón que ofende la nariz más tapada... hablará. Al ver ese mundo de asimetrías recordará el mar, recordará la náusea y apuesto a que volverá a sus gaviotas y a sus peces, despreciando a estos homínidos que caminan erguidos en dos patas y de forma tan chistosa muestran su dedo oponible. Pero el marinero no dijo una sola palabra. Dimos unos pasos y sentí impaciente que éramos tres los cuerpos.
No quise saber más nada en en aquel momento. Ordené que me guiaran al interior advirtiéndole sobre el problema del tercer escalón de ángulo obstuso. Todos sabemos que los ángulos obtusos son letales.
Una vez dentro de la casa comencé a sacar mis herramientas de trabajo. Sentía que era el momento exacto para retirarme de la pintura. Allí dentro mío sabía que la simentría muchas veces se basaba en terminar donde uno había comenzado. Era algo inevitable. Una cucaracha tendida de espaldas me lo había enseñado. Allí en el suelo, movía frenética sus patitas hasta que un momento notó mi presencia y las detuvo haciendo uso de la dignidad de una raza que ha sobrevivido a las peores debacles. Frente a mis ojos eligió el estoicismo y de alguna manera me dijo: No dude de lo inevitable. Me hubiese gustado morir con aquella dignidad, incluso me tiré en el suelo para hacerle compañía, pero la muerte sólo la tenía a ella en su lista. Una muerte con una lista, soy tan clásico a veces.
Como decía, deseaba pintar una última vez, aun a pesar de mi ceguera allí estaban los ojos del marinero. El calor aumentaba, hasta lo insoportable, haciendo que el carbón se disolviera en el sudor de mis manos como un terroncito de azúcar.

Le pedí al marinero que comenzara con la descripción de lo que esperaba fuera una obra maestra. Me había convencido de que el paso del tiempo había hecho estragos en el espanto y que debía parecerse al grito de Munch.
Sin embargo, el marinero guardaba silencio y mi paciencia se había acabado. Me sabía una la lista de insultos tan larga como la lista de adefesios del mundo. Iba recién por la mitad de todo mi saber enciclopédico, cuando la voz del marinero finalmente susurró algo que me golpeó como cuando a uno lo golpean para arrojarlo o dentro o fuera de un sueño pesadillezco.

- Es hermosa – susurraba absorto – es hermosa...

Mi indignación no tuvo límites y reanudé el listado exactamente en el lugar donde lo había dejado, terminando una hermosa palabra cuyo desenlace es “-tudo”. Le arrojé el carbón creyendo saber donde estaba, con tanta mala puntería que lo único que logré fue romper algo de vidrio. El sonido del vidrio roto tuvo un efecto paralizante que me dejó sediento. Quería saber que estaba pasando. Escuchaba la risa estoica de la cucaracha.
El marinero tomó mis manos y las colocó en el rostro del espanto. Allí estaba, simétrico, perfecto.
La odié, me odié. Seguí recorriendo su cuerpo, sus pechos, su cintura, sus nalgas. Nada fuera de lugar, ni una verruga; lo que tenía que estar adelante allí estaba, lo mismo con lo que debía ir detrás. No había vanguardia alguna, sólo un rejunte de convencionalismos y de ausencia de obra maestra.
Estoy seguro que una sorpresa amarga me desfiguró el rostro. Siempre habían sido mis ojos. Imbécil, los ojos.
En la oscuridad propia de un ciego huí despavorido de aquel lugar, con su perfume en mis manos. Unas manos que imaginé manchadas de carbón, enrojecidas por una urticaria histérica, perforadas por gotas que se deslizan desafiando toda belleza. Me vi, ahogándome en zanjas resecas, vomitando aullidos naranjas, eléctricos. Y yo que siempre supe lo que hacía me encontré haciendo algo que ignoraba y sólo ignoraba una cosa: el imaginar.
De pronto me detuve, en un llanto que por primera vez no era fingido, con mis manos rojas en el aire palpando lo invisible.

lunes, 15 de agosto de 2011

La bella durmiente más allá de Walt y sus ratones

Basándonos en hechos de real realidad podemos asegurar que la señorita Bella Durmiente cae en el sueño en el año 1689, exactamente un día 14 de Julio. Tal vez su lugar de residencia fuera una fortaleza cercana a la puerta de San Antonio en el lado oriental de la ciudad de París, cuando las calles de París eran barro y mierda. Aunque nada parece indicarnos que esto fuera así, o por lo menos V:viquipedia no dice nada al respecto.
Lo cierto es que por propiedad inherente a la maldición que subyace a la historia su sueño dura exactamente 100 años.
Cualquier hijo de la ilustración sabrá entonces que cuando Bella despierta no existen más los príncipes, no por lo menos en Francia, ya que todos han perdido la cabeza. Y si alguien me acusa de impresición histórica diré que si no la perdieron la estaban perdiendo, o bien la estaban a punto de perder. Por lo tanto, para no arruinar lo mejor del concepto y no quitarle dramatismo, volveré a repetir con toda seguridad, no ya con el aval de la historia sino el del hecho artístico (hecho que logra protegerme de cualquier barbaridad, aun si tuviera que asegurar que la mitad de París es gente despreciable y sin S:W:I:N:G); que cuando Bella despertó todos los príncipes han perdido la cabeza.
Imaginarán el desconcierto de la pobre doncella, debe ser traumático que te suceda eso en los tiempos en lo que no habían inventado ni a Freud ni a los físicos cuánticos, ni los psicólogos sociales y sólo estaba el Cardenal Richelieu persiguiendo a los tres mosqueteros. El azul francia tiembla, junto con la flor de Liz. La calles están llenas de cabrones que agitan sus miembros viriles y le muestran el culo a las potencias del mundo, la civilización tiembla y se resquebraja. Ya no quedan ni las pelucas.
Y ciertamente, allá va un joven que corre agitando su ridículo gorro frigio, que hasta hace unos instantes era blanco y pulcro pero que la batalla ha teñido de sangre, y él lo agita, tal vez sigue a esa mujer que va con las tetas al aire portando una bandera Azul, Blanca y Roja. Quién no ha comenzado a cortar cabezas por un par de tetas, quién no ha militado en las filas de algún movimiento que cambiará el mundo primero montándose en un buen culo para luego, entre rayas, curvas y protuberancias encontrar tatuados los ideales de un mundo mejor. Y el joven ha logrado vencer la maldición, detrás de sí las murallas y la mampostería han cedido. Detrás de si la guillotina trabaja al ritmo frenético de las nuevas fábricas que avanzan con el vapor negro del carbón, señalando el progreso y fagocitando las viejas fábulas mientras caga fresquitas las nuevas. El humo crece en el horizonte, cubre el atardecer de una era y  oculta el amanecer de la siguiente.
El agita el sombrero, no sabe que luego será estaqueado en un palo que sostienen dos manos. Un sombrero sin cabeza, ni corazón, penetrado a dos manos en todo escudo de razonable democracia moderna. Es el sombrero o un águila: elija su propia A:V:E:N:T:U:R:A.
Sube que te sube los peldaños, avanza que te avanza en la vertiginosa subida, la mujer de las tetas ha desaparecido luego de un cañonazo, pero alli al final se vislumbra una puerta.
Bella Despierta se asusta un poco cuando la puerta se abre de par en par. Se indigna un también, un hombre luego de cien años y ella que todavía no puede quitarse el cinturón de castidad, vaya uno a saber donde quedó la llave. Un hombre, un muchacho casi, con tres pelos en la barba, que agita un gorro asqueroso y no es muy agraciado. Pero luego de cien años de castidad que le va a hacer no hay tiempo para pretender al príncipe azul y por lo que pudo ver por la ventana no hay mucho tiempo para nada, como bien lo habían predicho el mundo se estaba acabando. Maldito cinturón, ni con los dientes apretados afloja el aparato ese. Pronto más que tarde se da cuenta que lo único que la protege del joven es el bendito cinturón y si bien ganas no faltan no es cuestión y se tapa con lo primero que encuentra, ese trapo que ha entrado por la ventana, una bendición a tres franjas: Azul, Blanca y Roja. Un coro de gente canta y los tambores repican de lo lindo.
Pero él no se engaña, sabe que se ha encontrado con algún pariente de los mismos que han raptado a su hermana para violarla y someterla al sadismo digno del Marqués, que en ese momento andaría por los 49 y muy pícaro estaría escapándose de cierta fortaleza cercana a la puerta de San Antonio, en el costado oriental de París, según la gran V:viquipedia. Y ahora es la hora de la venganza, del ojo y por ojo, de la virginidad por virginidad, somentimiento por sometimiento. Y él no duda, y por más que le gusta un poco la rubia y que el fragor de la batalla pone cachondo a cualquiera, aprovecha el trapo y la empaqueta como se empaquetan los pollos y la rapta sin más. Sin embargo, algo extaño sucede, él la aleja de la guillotina, aprovechando el parate que habían hecho para poder afilar la hoja que de tanto trabajo que ha tenido ya muestra alguna que otra mella. La cola se detiene y como buen revolucionario ya entiende que desprecia las colas de la burocracia y el poder de los nuevos patrones de la muerte, el sindicato de los verdugos. Y él no duda, y pega la vuelta para su casa con el paquete a cuestas.
Y aquí viene el momento esperado: en un un pequeña buhardilla parisina, escondida por el humo de la pólvora y los incendios, el amor surge, y aquellos destinados a amarse cumplen con el deseo de sus corazones. Así de milagroso es el síndrome de estocolmo cuando es guiado por la divina providencia.

jueves, 26 de mayo de 2011

Patética Bacchanale

El frío y la soledad

puertas que se cierran

concretar una hora

para concretar un roce

viernes, 20 de mayo de 2011

Una piedra en el zapato o en el tren


Hay trenes y trenes,
hay trenes que trenes
y de los que truenan a piedrazos
mientras te piden un boleto,
mientras te recuerdan que la cena
tiene entradas...

Y piedrazo va piedrazo viene
siempre divertido para la muchachada
que ve
como la cosa les pasa, la vida les pasa,
los trenes con un comedor
y entrada y flan de postre
también pasan...
Y qué, ellos tienen piedras para masticar
y como son difíciles de digerir
las arrojan luego de cagarlas
soñando que son pan duro,
que no les hace falta porque
el otro pan ya lo tienen
y no está hecho de sueños.

Hay trenes y trenes, tren que tren,
pedazos de hierro en vías de extinción.
Trenes que trémulos pasan
entre dientes que se caen masticando la nada.
¿Cómo no tirarle una piedra
a lo que te pasa por al lado
y no para?
¿Cómo no darle un piedrazo
aunque sea para recordarle
que ya no tenés voz?

Graniza en el mundo,
graniza siempre
y los poetas son pocos
y la piedras muchísimas.
Tren que tren
tren de trenes
truncado entre trincheras
lento y con agujeros.

miércoles, 20 de abril de 2011

Esas cosas que se escriben en un calzón


(Pensamiento sin miorrelajante)
Subte va, subte viene. Yo caliente. Estoy que hiervo y por primera vez en mi vida tengo que salir a tomar aire, a intentar enfriarme. Incluso se me ocurre pagar por sexo, reviso mentalmente las mil tarjetitas repartidas en el centro, las mil y una noches posibles resueltas con unos pocos pesos. Una estupidez así y que se vuelva algo tan incotrolable. Respiro, me enfrío, la calentura sigue. Necesito la caricia, la cachetada, el mordiscón.

(Lugar I)
En la esquina sólo queda el bloque de hormigón vacío, quien se sienta en ese lugar escucha la risa de tres niños y un disparo.

(Necrofílica I)
Una pulsión que invita a la muerte a unirse a la fiesta, a dejar los encajes y perfumarse, a correrse desnuda por segunda vez, por tercera vez, para dar hijos que caminen incautos por el mundo.

(Para ser leído en ropa interior)
Te saludo porque alguna chispa descongeló tu mirada. Un escudo cayó, y luego los calzones.

(Cosas de la lengua)
Algunos no están destinados a una patria, un hogar, un amor. Algunos traidores singulares son hijos del plural.

(Y quién sabe?)
Y llamé. Y me atendió un tipo que no se llamaba María.

(Pensamiento sin alcohol en gel)
La peor sinfonía de tos que escuché y toda en mi cara. Me siento contaminado y sin querer abro los ojos.

(Necrofílica II)
Únase a mi canto, recuerde hoy su muerte, huela conmigo el perfume del clítoris de la parca.

(Destino)
Nadie pudo ahorcase debajo de este árbol, nadie pudo besarse por primera vez tampoco.

(Sin título)
Dame tu lengua para atraparla con mi culo. (Si el Marqués escribiera graffitis)

sábado, 16 de abril de 2011

El sutra del Pop

Estaba El Buda viendo MTV. Un discípulo intentaba acercársele para preguntarle al Maestro sobre el sentido de un sueño en el cual su padre era picado por cuervos. El Buda, siempre compasivo, le tira un cenicero por la cabeza y le dice sin quitar los ojos de la pantalla: Britney Spears.

No soy muy bueno contando historias budistas, lo confieso. Pero contando historias budistas me distraigo de lo que podría hacer a la perfección.