“Si
pudiera decirlo con palabras, no habría razón para pintarlo.”
Edward
Hopper
Ya es tarde,
otro día sin ver el amanecer. Bel abre sus ojos y su mano encuentra lo esperado:
el lugar vacío, aun tibio, que ha dejado un cliente añejo y confianzudo. Un
lugar que siempre permanece igual, cercano a la mesita de luz donde se
revuelcan los doscientos pesos y la propina de cincuenta.
Nunca falta, a
continuación, el llanto reprimido y seco del hartazgo que le ata los pulmones y
los nervios, ni el cigarrillo que se prende solito y termina siendo uno más en
una pila de colillas de un cenicero colapsado.
La sexta
profecía autocumplida de Bel sugiere que entre sus sábanas no ha de moverse
ningún hombre de esos que hablan entre culpas y olvidos de su mujer, de sus hijos
o de su buen perro. Si el cliente desespera por hablar, con voz tímida ella le
pedirá que invente la más estúpida de las aventuras, una fantasía imbécil capaz
de volverse lo único real de una realidad terrible. Aún así Bel los prefiere
silenciosos y ajenos, cuanto menos se habla menos coincidencias se encuentran.
Odia las coincidencias que hacen creer en el amor.
El piso se
acerca a sus pies y, aun desnuda, la lleva hacia el baño donde la ducha la recibe
entre sus tantos bracitos de agua con un abrazo maternal y tímido. Luego de
aquel pequeño lapsus de amabilidad, la toalla la seca y una bata de seda falsa comienza a vestirla de
rojo.
Bel mira sus
dedos arrugados, mientras el piso la lleva y la trae por la casa, todo lo
desordenado de a poco va encontrando su lugar: la ropa en los cestos destinados
a empacharse de suciedad, el dinero en la cajita fuerte debajo de su cama, el
agua en una taza con un saquito de té. No hay una sola persiana que decida
moverse para dejar pasar a un rayo impostor de sol. Sólo se abren en la noche,
a la hora en la que los ángeles pierden sus alas. Entonces, posada en el
alfeizar de la ventana, intenta encontrar indicios. La oscuridad se asienta
bien en el ambiente, la penumbra cálida y húmeda oculta lo insoportable, cada rastro,
cada presencia, cada muerte.
Allí, donde
antes no había nada de pronto aparece una luz, una ventana que parece flotar
desprendiéndose de lo que la rodea. Es la primera de muchas islas que comienzan
a constelar en un cielo demasiado cercano. El cuello se tensiona y los ojos
buscan el reflejo que alivia la mente y el corazón, quieren encontrar algo que
alimente el misterio y den una respuesta de por qué seguir. Pero no siempre se
tiene suerte y la mayoría de las veces no sucede nada. Las constelaciones
permanecen frías e inertes y las sombras que las habitan tienen sus ojos vacíos
y las bocas muy abiertas. El té se ha evaporado junto con el último cigarrillo.
Entre tanto,
las paredes dejan que los gritos chillones de cientos de aguerridos vecinos
atraviesen sus porosidades. Bel, sin embargo, es prisionera de un silencio inquietante
que muerde sus oídos como una bestia desesperada. Un silencio caníbal que sólo se alimenta de
más y más silencio hasta que al fin las entrañas de Bel estallan en un grito
sanguíneo, pero aun más silencioso.
Todavía
gritando su cuerpo cae, el suelo que se desliza demasiado veloz para poder
dominarlo, expulsa a Bel hacia la puerta que se abre y la arroja dentro del
ascensor. El botón de planta baja se oprime. Los pulmones respiran forzados e
inquietos sin poder evitarlo. Siente que el camino es muy largo, que no hay
forma de librarse de las ausencias, que siempre se trató de un regreso, a dónde
no importa. Volver a la ceniza, volver a los fantasmas que nunca han dejado su
puesto.
Bel es una
niña. Ama los cuentos de hadas y sospecha que la fantasía algo de mentira
tiene, sólo un poco, la cantidad suficiente para ser real. Recuerda todos los
olvidos de sus días y cada milagro que ha realizado. Bel es un milagro. Vive en
un jardín siempre vestida de desnudez, despeinada y cambiando el color de sus
cabellos. Puede ver los amaneceres que quiere y contar las estrellas nuevas que
nacen todas las noches. Bel es una niña, un milagro, que baila y respira, sus
mínimos movimientos tejen la red que genera vida, muerte y amor. Sus dientes
siempre serán de leche, su voz clara y su tristeza infinita. Bel es Bel.
Bel despierta
dentro de un cuerpo llamado Bel, sin pensamiento, sin rostro, sin saber qué
mirar. Siente sus pies sobre el césped de un parque y el rocío que calma su sed
al mínimo contacto con su piel. Al alzar la mirada ve desde abajo una ciudad
que se aleja hacia lo alto y que sueña con puntos de fuga infinitos, donde los
rascacielos se unen de forma incierta. Del otro lado aun se escuchan los ecos
de voces borrosas. Ella las escucha atentamente y las hace propias. Sabe que le
hablan y que debe buscar la siguiente mirada, el siguiente indicio. Ahora es
libre, pero es por poco tiempo y debe apurarse. Por primera vez se ríe sola y
su risa se vuelve un rostro efímero en el medio de la noche. Pronto estará
muerta, algunos ángeles están destinados a ver sólo un amanecer.
El parque,
según recuerda, esconde un lago y muchísimos caminos por donde deambular. Sus
pies eligen siempre el camino más extraño, mientras su mano izquierda sostiene
un puñado de ceniza que se multiplica. Debe encontrar el lago donde arrojar la
ceniza, antes de que sea demasiado tarde. Algo nace en su interior y comienza a
evaporarse.
Como muchos
otros Bel ha perdido sus alas, pero sus
fragmentos han quedado ocultos en el viento susurrando historias. Cada uno debe
reconstruir su historia, reamar el rompecabezas, para volver al otro lado, a
otros días y a otras noches. Un cambio de pulso, temblores nuevos y dolores
desconocidos. Ver el otro lado, con ojos llenos de noche, de portales que se
abren y cierran. Palabras que son olvidadas al aprender las nuevas. Espejos que
hablan, como el lago que Bel tiene en frente.
Sus pies ya no
pueden sostenerla al haber estado perdidos tanto tiempo. Respira una última vez
rodeada de ceniza, ya no es más su mano izquierda sino todo su cuerpo que ha
sido vencido y cuelga sin resistencia. Bel cierra sus ojos, dejándose caer en
el lago.
Pero entonces, entre los rascacielos embadurnados de tintas fuertes, la pálida y sutil luz de la aurora se abre paso silenciosa entre la noche. Ya no se puede detener la caída, pero tampoco se puede evitar el destino. Bel abre sus ojos y como si tratara de esos fantasmas que sólo se pueden ver con el rabillo del ojo, así logra ver su único amanecer. Su cuerpo se hunde en el agua, entre lápidas silenciosas que sueñan con puntos de fuga infinitos.
Pero entonces, entre los rascacielos embadurnados de tintas fuertes, la pálida y sutil luz de la aurora se abre paso silenciosa entre la noche. Ya no se puede detener la caída, pero tampoco se puede evitar el destino. Bel abre sus ojos y como si tratara de esos fantasmas que sólo se pueden ver con el rabillo del ojo, así logra ver su único amanecer. Su cuerpo se hunde en el agua, entre lápidas silenciosas que sueñan con puntos de fuga infinitos.
En el agua sus
ojos llenos de noche se miran con sus ojos llenos de amanecer, encontrando el
siguiente indicio. Finalmente, cuando la historia se completa su cuerpo inerte
sale a flote, siempre pequeño y con alas.
Un día Bel fue
por su corazón, para tomarlo comenzó a contarse historias. En cada una se
transformó, sólo para llevar la caricia al solitario, con sus dolores y sin
otra cosa.